jueves, 12 de marzo de 2015

LOS ACUERDOS ENTRE LOS REYES CATÓLICOS Y CRISTOBAL COLÓN
PARA EL DESCUBRIMIENTO

Fernando Tola de Habich

Tenemos un hecho concreto: un marino europeo, al mando de 3 naves con bandera de los reyes de Castilla y Aragón –Isabel y Fernando, llamados los reyes católicos–, y una tripulación mayoritariamente andaluza, arribó frente a una de las islas que bordean un continente desconocido, que con el tiempo pasó a llamarse América.
Esto sucedió en el año 1492, y la aventura marítima se inició el 3 de agosto de ese año en el puerto de Palos, y concluyó en el mismo puerto el 15 de marzo de 1493, luego que la flota recorrió diversas islas de zona, poniéndoles nombre a seis –San Salvador, Santa María de la Concepción, Fernandina, Isabela, Juana y Española– y tomando posesión de ellas en nombre de los reyes de España.
De las tres naves que partieron solo regresaron las 2 carabelas, pues una de ellas, la capitana, fue deshuesada frente a una de las islas para construir un fuerte, bautizado Navidad, donde quedaron 39 tripulantes de un total desconocido de viajeros y de los que hasta el día de hoy se ha logrado identificar por sus nombres a 88.
Todo el resto de información que se tiene sobre este acontecimiento histórico, considerado el más importante desde la creación del mundo y la encarnación del hijo de Dios, está puesto en duda por la Historia y los historiadores. De hecho, no se cuenta con ningún documento original que respalde sus detalles, ni con testimonios de época o de participantes que no se contradigan entre sí. La cantidad de hipótesis que se han elaborado sobre este asunto rebasa cualquier moderación y equilibro intelectual.

Dejando de lado, por ahora, los hechos anecdóticos y las características biográficas de las personalidades que intervienen en este asunto, vale la pena revisar el contenido de las dos referencias introductorias sobre los convenios formales entre los reyes católicos y Cristóbal Colón para la iniciación de lo que se ha convenido en llamar “el viaje del descubrimiento” de las islas próximas al continente que tiempo después pasaría a llamarse América.
El primer documento con que contamos es el acuerdo firmado entre los reyes de España y un señor llamado Cristóbal Colón sobre los merecimientos, recompensas o derechos que recibirá este señor de lograr aquellos objetivos que ha ofrecido a los reyes a cambio de ser partícipes en la aventura. Este documento denominado las “Capitulaciones de Santa Fe”, firmado el 17 de abril de 1492 por el secretario Johan de Coloma en nombre de los reyes católicos, que en realidad se titula y debe titularse: “Las cosas suplicadas y que vuestras altezas dan y otorgan a don Cristóbal de Colón en alguna satisfacción de lo que ha descubierto en las mares océanas y del viaje que ahora con el ayuda de Dios ha de hacer por ellas en servicio de  vuestras altezas son las que se siguen” –abreviada:, “Cosas suplicadas por Colón a los Reyes” o, simplemente, “Súplicas”–.
A primera vista, y en principio, es un acuerdo formal y privado entre los reyes y un tal Cristóbal Colón que, en el encabezamiento como en las súplicas figura con el honorifico “don” que emplea la alta nobleza española. Estamos, pues, ante un acuerdo entre los reyes y un miembro de la alta nobleza española llamado don Cristóbal Colón, que ha hecho unas súplicas a los reyes, quienes se las dan y otorgan en su totalidad (“Place a sus altezas”).
La lectura del documento nos indica que los reyes dan y otorgan lo suplicado a este noble, don Cristóbal Colón, como una forma de satisfacer de alguna forma lo que ha descubierto en el mar océano y también por el viaje que ahora hará como un servicio a ellos, los reyes.
Lo que se da y otorga a don Cristóbal Colón por los motivos señalados líneas arriba, posee dos características: unos tienen un carácter honorifico, aunque en la práctica conlleven una serie de ventajas y beneficios materiales; y otros son exclusivamente de carácter material, económico, comercial, consecuentes de las tierras descubiertas y del nuevo viaje por hacer.
La parte honorifica está formada por el otorgamiento de tres títulos: Almirante, Visorey y Gobernador de “todas aquellas islas y tierras firmes que por su mano o industria se descubrirán o ganaran en las dichas mares océanas”[1].
Se especifica que mientras “le hacen desde ahora al dicho don Cristóbal Colon su almirante en todas aquellas islas y tierras firmes que por su mano o industria se descubrirán o ganaran en las dichas mares océanas para durante (toda) su vida y después del muerto a sus herederos, y sucesores de uno en otro perpetuamente con todas aquellas preeminencias[2] y prerrogativas pertenecientes al tal oficio y según que don Alfonso Enríquez como almirante mayor de Castilla y los otros sus predecesores en el dicho oficio lo tenían en sus districtos”, los títulos de Visorey y Gobernador no implican carácter hereditario y tienen como característica la autorización que “para el regimiento de cada una y cualquiera de ellas haga él elección de tres personas para cada oficio y que vuestras altezas tomen y escojan uno el que más fuere su servicio y así serán mejor regidas las tierras que nuestro señor le dejara hallar y ganar a servicio de vuestras altezas”.
Las otras Súplicas otorgadas revisten carácter económico: la primera es que sus altezas hacen merced a don Cristóbal de que de cualquier mercadería, “sean perlas, piedras preciosas, oro, plata, especería y otras cualesquiere cosas, e mercaderías de qualquiere especie nombre y manera que sean que se compraren, trocaren, hallaren, ganaren e hubieren dentro en los límites del dicho almirantazgo”, tenga y se lleve para sí la décima parte, quitadas las costas, y deje para sus altezas las otras nueve partes[3].
Otra de las Súplicas concedidas, pero condicionada a si es propia del oficio de almirante según que lo tenía el dicho almirante don Alonso Enríquez como y los otros sus antecesores en sus districtos y siendo justo”, consistía si a causa de las mercaderías que él trajera de las dichas islas y tierras “naciere pleito alguno (de otros mercadres) en el lugar donde el dicho comercio y trato se terna y hará que si por la preeminencia de su oficio de almirante le perteneciera conocer de tal pleito plega a vuestras altezas que él o su teniente y no otro juez conozca del tal pleito, e así lo provean desde ahora.” Esta suplica quedó descartada de hecho porque no era parte de las prerrogativas del almirantazgo.
Finalmente se le concedía “que en todos los navíos que se armaren para el dicho trato y negociación cada y cuando y cuantas veces se armaren que pueda el dicho don Cristóbal Colón si quisiere contribuir e pagar la octava parte de todo lo que se gastare en el armazón y que también haya e tenga del provecho la octava parte de lo que resultare de la tal armada”.
Se ha discutido si este acuerdo entre los Reyes católicos y Cristóbal Colón, redactado por el secretario del Rey Fernando de Aragón, Juan de Colona, en representación de los reyes, y por el sacerdote Juan Pérez en la de Colón, tuvo el carácter de un contrato comercial con derechos y obligaciones para ambas partes, o si solo fueron mercedes concedidas graciosamente por los reyes y por lo tanto posibles de ser anuladas por voluntad real.
Como en casi todo asunto relacionado con temas colombinos, las opiniones se hallan divididas entre los historiadores que leen las súplicas concedidas como parte de un contrato comercial justificador de los famosos “pleitos colombinos” entre la familia Colón y el reino de España, y los que las leen como mercedes otorgadas graciosamente por los reyes y posibles de retirarse y cancelarse en el momento que resulte conveniente para los intereses reales. Incluso hay historiadores que aceptan la hipótesis del historiador español Rumeu de Armas, quien partiendo que el documento conocido se encuentra registrado en la Cancillería de Aragón y no en la de Castilla, como debió ser, concluye que es una reelaboración enmendada del texto, realizada después del descubrimiento[4]. Pero tampoco es ajena la falta de pronunciamiento al respecto o la infaltable ambigüedad como la del historiador alemán Richard Konetzke, quien a pesar de considerar que con la firma de las Capitulaciones de Santa Fe, surge una firma comercial privilegiada denominada “Reyes Católicos y Colón”, en la cual “el socio privado quedó desde un principio en posición dependiente y subordinada frente al poder estatal”, concluye que en realidad no es un contrato de derecho privado sino un privilegio real otorgado por los reyes a Cristóbal Colón “en recompensa por sus servicios”[5].
A raiz de la existencia de un documento posterior, firmado 13 días más tarde que titularé “Remuneraciones otorgadas por los Reyes católicos a Cristóbal Colón por ir a descubrir y ganar islas y tierras firmes en la  mar océana” –abreviado, “Remuneraciones atorgadas a Colón por los reyes”, o simplemente “Remuneraciones”–, lo contenido en las “Súplicas” se corrige, se define o se calla.
De hecho, ahora sí estamos ante un documento con todas las características y los caracteres oficiales del reino[6]. Es un documento público en su contenido y en su dirección, pues está destinado a informar a “todo el mundo”, digámoslo así, de unas decisiones reales que deben ser cumplidas y respetadas bajo pena de multa. 
Manzano encuentra al escalonamiento de los dos documentos semejanzas e identidades con los que los reyes católicos solían firmar y hace referencia a “las famosas capitulaciones concertadas entre los Reyes Católicos y el Zagal el 10 de diciembre de 1489, a raíz de la rendición de Baza” y agrega en nota “que igual estilo se aplica en las dos capitulaciones hechas con Boabdil y los moros de Granada en 30 de diciembre de 1492”[7]. Sin embargo, por lo que el mismo Manzano escribe, resulta difícil creer que, aparte de algunas coincidencias formales de redacción, los documentos tuvieran alguna semejanza de contenido e incluso de orden de escritura. Son asuntos diametralmente opuestos para que sean posibles coincidencias formales y de contenido entre ellos.
Lo primero que nos ha de llamar la atención de las “Remuneraciones” es la negación al derecho de Colón de ser llamado “Don Cristobal de Colón o don Cristóbal Colón o don Cristóbal”. De hecho, de manera clara y especifica se corrige este tratamiento honorifico de forma terminante y se devuelve a Cristóbal Colón a su plebeyez[8] hasta “después que hayades descubierto y ganado las dichas islas y tierra firme en la dicha mar Océana, o cualesquier de ellas”; solo entonces, vos podrás “en adelante llamar e intitular don Cristóbal Colón, y así vuestros hijos y sucesores en el dicho oficio y cargo, se puedan intitular y llamar don”.
Y si se corrige este importante error –para nuestra mentalidad frívolo pero para la época importante y de gran significado–, igual se procede a corregir a el uso de los títulos que se le otorgan pues no será nombrado desde ahora Almirante “en todas aquellas islas y tierras firmes que por su mano o industria se descubrirán o ganaran en las dichas mares océanas”, sino desde el momento en que las descubra y gane. E, igualmente, en este documento revisado desaparece, pues se corrige, el tan comentado y alterado en las copias que se han hecho de las “Súplicas”[9], el “de lo que ha descubierto en las mares océanas” para convertirlo en algo por hacer sin que se mencione para nada conocimientos o descubrimientos previos.
Pero así como se ha corregido el uso del “don”, el uso “desde ahora” del título de Almirante y se ha eliminado el pasado de lo por descubrir, se ratifica que “después que hayades descubierto y ganado las dichas islas y tierra firme en la dicha mar Océana, o cualesquier de ellas, que seades nuestro Almirante de las dichas islas y tierra firme que así descubriéredes e genáredes; y seades nuestro Almirante, y Visorrey, y Gobernador en ellas…”, se autoriza a “vuestros hijos e sucesores en el dicho oficio y cargo, se puedan intitular y llamar don, y Almirante, y Visorrey, y Gobernador de ellas”. Es evidente, de acuerdo a la lectura, que lo que se decía en la Súplicas sobre los títulos, aquí no solo se han ratificado sino que también, como novedad, se han concedido como hereditarios los títulos de Visorrey y Gobernador de “todas aquellas islas y tierras firmes que por su mano o industria se descubrirán o ganaran en las dichas mares océanas”.
Junto a estos títulos honoríficos y prácticos, se le conceden formalmente a Colón otras prerrogativas “para que podades usar e ejercer el dicho oficio de almirantazgo, con el dicho oficio de visorrey, e gobernador de las dichas islas, e tierra firme,
1.- oír e librar todos los pleitos, e causas civiles o criminales
2.- podades punir e castigar los delincuentes
3.- a que hayades e llevedes los derechos, e salarios a los dichos oficios, e a cada uno dellos anejos e pertenecientes,
Especificado en los tres puntos que ha de ser “según e como los llevan e acostumbran llevar el nuestro almirante mayor en el almirantazgo de los nuestros reinos de Castilla; e los visorreyes e gobernadores de los dichos nuestros reinos.”
El resto del documento son ya formalidades sobre los reconocimientos que se le deben dar a Colon “después que hayades descubierto y ganado las dichas islas y tierra firme en la dicha mar Océana, o cualesquier de ellas”, y la necesidad de respetar las obligaciones propias de sus cargos de Almirante, Visorrey y Gobernador.
En todo el documento, este sí público y con copia firmada ante escribano, no se menciona ninguna de las peticiones de carácter económico planteadas por Colón y que fueron dadas y otorgadas por los reyes católicos y que se incluyen en las Súplicas de 13 días antes, del 17 de abril de 1492.
De no existir un desaparecido documento intermedio entre las Súplicas y las Remuneraciones, concerniente a las condiciones económicas suplicadas por Colón a los Reyes a cambio, digámoslo así, del descubrimiento “de islas y tierra firme en la dicha mar Océana”, resulta imposible, e increíble, que el futuro descubridor aceptara su desaparición de lo acordado en las Remuneraciones si es que no se consideraba lo dado y otorgado por los reyes católicos en las Súplicas como acuerdo de hecho, con valor legal y como contrato formal entre ambas partes.
Sin duda los nombramientos honoríficos con carácter práctico satisfacían las ambiciones nobiliarias y de posición social de Cristóbal Colón pues como concluye Manzano su análisis de las Súplicas, “Cristóbal Colón, de humilde cuna y con una acusadísima mentalidad de mercader, intenta con tenacidad admirable, y consigue, al fin, de los Reyes Católicos un rango de nobleza, una situación de privilegio, a base de la concesión a él por éstos de unas elevadísimas dignidades y honores que, además de igualarle en condición social a una de las primeras familias castellanas, le permitían en el futuro mantener en sus manos el control perfecto de su fabuloso negocio”[10].
El fabuloso negocio no aparece pues en las Remuneraciones, y dado que fue uno de los aspectos más duros y discutidos de los llamados “pleitos colombinos” entre la familia Colón y la corona española, es obvio que ambas partes consideraban lo incluido en las Súplicas como un contrato legal de carácter comercial y obligante. A este respecto, como se ha señalado líneas antes, de no existir un documento intermedio entre los dos que conocemos, las Súplicas debe considerarse como un contrato veraz y que aunque el documento hallado en los Archivos de Aragón, como señala Madariaga, “no pase de ser una minuta de acuerdo mutuo”[11], e incluso si se creyera que es un documento invalidado, a pesar de las firmas y su inclusión en el registro, lo concerniente a las concesiones económicas dadas a Colón son las acordadas por ambas partes y las que se exigirá cumplir a la corona en las demandas judiciales de la familia Colón.
Otro elemento faltante en ambos documentos es la especificación, más allá de islas y tierra firme, del lugar al que Colón ofrecía llegar a los reyes. Resulta curioso, y así ha sido señalado por los historiadores, que no se mencione en ningún momento, como punto de arribo, lo que Colón dirá en sus escritos relacionados con el viaje del Descubrimiento: las Indias, Cathay. Es más, en todos los documentos firmados por los reyes desde las Súplicas y el regreso de Colón de su primer viaje, se incluyen, siempre, referencias muy ambiguas sobre islas, tierra firme o ciertas partes de la mar océano pero sin ningún nombre oriental como meta[12]. Esta ambigüedad libró a la familia Colón de encontrarse en los “pleitos colombinos” con un poderoso argumento en contra: Colón no llegó a las Indias o a Cathay sino a un nuevo continente desconocido llamado equivocadamente las Indias y después América, es decir, llegó a esas islas y tierra firme, a esas ciertas partes que se hallaban en la mar océana, tal como figuran en los acuerdos entre los reyes y Cristóbal Colón[13].
De la lectura de estos dos documentos calificados como fundamentales para conocer y explicarse el descubrimiento de América, algunos historiadores han concluido, con absoluta objetividad, que ni los reyes católicos ni Cristóbal Colón tenían entre sus planes llegar al Oriente, pues aparte de no señalarse esta meta en los acuerdos, resulta inverosímil que esto se pensara, y se nombrara a Colón visorrey y gobernador de la India y Cathay, sabiendo la existencia de poderosos y ricos imperios que no acatarían la autoridad de la que venía investido el enviado de los reyes de España. Además, tres minúsculas carabelas, con 90 marineros, hombres de mar y no de armas, serían incapaces de imponer cualquier autoridad o sujeción a los poderosos ejércitos que se sabía tenían esos reinos del Oriente. Sin embargo, como dirá Colón en el tan discutido “prólogo” de su Diario y en el mismo Diario, su meta era llegar a la India, a Cathay, entrevistarse con el Gran Kan, para el que llevaba cartas de presentación de los reyes católicos, y, es de suponer, para informarle que desde ese momento él, ahora ya don Cristóbal Colón, asumía la gobernación de su reino como visorrey de los reyes de España. ¡Todo un cuento de hadas!
La existencia comprobada de documentos redactados en latín y entregados a Colón para su viaje en las mismas fechas en que se firman las Súplicas –el pasaporte, las cartas para el Gran Kan y las copias para los reyes y señores de la India y de cualquier parte que hallase en las tierras que descubriera- indican con absoluta claridad intención de llegar a países orientales conocidos y por conocer. Morison, después de suponer que el lector se preguntará si los reyes católicos y Enrique VII de Portugal eran gente tan simple como para imaginar que la insignificante flotilla de Colón podría llegar a un puerto de Japón y China y tomarlo militarmente, responde afirmativamente en base a que ese era el tipo de información recibida por los reyes sobre la complacencia de los potentados orientales de jurar lealtad a cualquier monarca cristiano que apareciera ante ellos, y también por la experiencia vivida por los portugueses en las costas de África, donde fueron acatados de inmediato, sin tener ninguna posibilidad los monarcas africanos de defender por las armas sus territorios[14].
Aunque formalmente se redactase tres meses después de las Remuneraciones -o cuatro o diez meses más tarde de lo supuesto, según criterio de historiadores-, Cristóbal Colón, en el llamado “prólogo” de su Diario de navegación, hace una explicación explicita y detallada de los motivos de su viaje: “por la información que yo había dado a Vuestras Altezas de las tierras de India y de un Príncipe llamado Gran Can (que quiere decir en nuestro romance Rey de los Reyes), como muchas veces él y sus antecesores habían enviado a Roma a pedir doctores en nuestra santa fe porque le enseñasen en ella, y que nunca el Santo Padre le había proveído y se perdían tantos pueblos creyendo en idolatrías o recibiendo en sí sectas de perdición, Vuestras Altezas, como católicos cristianos y Príncipes amadores de la santa fe cristiana y acrecentadores de ella, y enemigos de la secta de Mahoma y de todas idolatrías y herejías, pensaron de enviarme a mí, Cristóbal Colón, a las dichas partidas de India para ver a los dichos príncipes, y los pueblos y tierras y la disposición de ellas y de todo, y la manera que se pudiera tener para la conversión de ellas a nuestra santa fe; y ordenaron que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie.”
En esta amplia cita tenemos varios datos informativos de importancia capital: Uno, que Colón fue quien informó a los Reyes sobre la India y el Gran Kan; Dos, que la razón del viaje tiene una motivación religiosa; Tres, que los reyes asumían una descuidada tarea apostólica; Cuatro, que lo enviaban a él para comprobar la disposición de esos pueblos y la manera de convertirlos a la fe católica; y Cinco, que los reyes le ordenaron ir al Oriente, no por tierra, sino por mar, “por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie”.
Con esta explicación se derrumba como prioridad del viaje la motivación económica de los acuerdos entre Colón y la corona española, y se recalca el sentido religioso, además del carácter descubridor, iniciador y primigenio del viaje. Una objeción a este carácter misionero de la aventura hacia el oriente, que bien puede ser marginal y fácil de explicar por las circunstancias de riesgo que implicaba, es la ausencia de un religioso, al menos, en la tripulación de la flotilla colombina. Es obvio que Colón o los marineros que los acompañaban no eran precisamente las personas indicadas para hacer un estudio sobre el terreno acerca de la situación religiosa de los pueblos de la India y de la manera más adecuada de convertirlos al catolicismo.
Dejando de lado todo lo que pudiera haber de extraño, discutible e inexplicable en los detalles contenido en los dos documentos capitales para la realización de viaje descubridor de Cristóbal Colón, más lo controvertido que puedan ser las causas que lo motivaron y las razones que tuvieron los reyes católicos para involucrarse en su ejecución, lo cierto es que a partir de ahora, la documentación real que se posee se encuentra circunscrita a dar órdenes prácticas para facilitar el preparación de la flotilla de tres naves que integrarán la expedición en busca de las islas y tierra firme de la mar océano por una ruta desconocida.       
    






[1] El otorgamiento de estos tres títulos a Colón, que poco después serían confirmados e incluso extendidos en condición hereditaria, ha llamado siempre la atención de los historiadores como algo desproporcionado e inusual en las costumbres de la corte española. Desde esta perspectiva, como señala Fernández-Armesto, refiriéndose en concreto al título de virrey, se “tiende a confirmar la impresión que la chancillería real adoptó una versión presentada por Colón, sin corregirla detalladamente y, tal vez, sin que hubiera habido un examen y una reflexión detallados” (Fernández-Armesto, Felipe: Colón. Traducción de Juan Faci. Prólogo de Hugh Thomas. Ediciones Folio. Barcelona, 2004. pág. 107).
[2] Lo que está en cursiva fue añadido entre renglones y al margen, en el original.
[3] Es curioso que esta suplica que nunca se llegó a cumplir cabalmente, a pesar de su importancia y significado, sea la menos comentada en los estudios de las Súplicas de Colón o, como se suele llamar, “Las Capitulaciones de Santa Fe”.
[4] Rumeu de Armas, Antonio: Nueva luz sobre las Capitulaciones de Santa Fe de 1492. Madrid, 1985.
[5] Konetzke, Richard: “Colón y la Factoría comercial de los españoles en las Indias Occidebtales”, en: Descubridores y conquistadores de América. Traducción de Celedonio Sevillano. Editorial Gredos. Madrid, 1968. Pág. 15.
[6] Dice Las Casas al respecto: “De lo cual se le dio un muy cumplido privilegio real, escrito en pergamino, firmado del Rey y de la Reina, con su sello de plomo pendiente de cuerdas de seda de colores, con todas fuerzas, firmezas y favores que por aquellos tiempos se usaban”. Las Casas, Bartolomé de: Historia de las Indias. Obras escogidas…, Tomo I.  Estudio crítico preliminar y edición de Juan Pérez de Tudela Bueso. Biblioteca de Autores Españoles, 95. Madrid, 1957. Pág. 123.
[7] Manzano, Manzano, Juan: Cristóbal Colón. Siete años decisivos de su vida. 1485-1492. Ediciones de Cultura Hispánica. Madrid, segunda edición, 1989. Pág. 387.
[8] Las Casas es claro en este aspecto al decir que esta empresa, y sus privilegios, los reyes la vinieron a conceder y proveer por persuasión de un hombre sin letras, solo con buena voluntad y que cristiana y prudentemente supo a la Reina persuadir y con efecto inclinar”. Las Casas, Bartolomé de: Historia de las Indias. Obras escogidas…, Tomo I.  Estudio crítico preliminar y edición de Juan Pérez de Tudela Bueso. Biblioteca de Autores Españoles, 95. Madrid, 1957. Pág. 121.
[9] Considerándolo, como lo es, un error de redacción, lo corrigió en su traslado Fernández de Navarrete, por ejemplo.
[10] Manzano, Manzano, Juan: Cristóbal Colón. Siete años decisivos de su vida. 1485-1492. Ediciones de Cultura Hispánica. Madrid, segunda edición, 1989. 409-410.
[11] Madariaga, Salvador de: Vida del muy magnifico señor don Cristóbal Colón. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, sexta edición, 1956. Pág. 262.
[12] Se ha supuesto que estos documentos de repercusión nacional fueron redactados sin referencias de metas en las Indias para evitar conflictos diplomáticos con el reino de Portugal, que también estaba empeñado en arribar al Oriente, pero por la ruta de las costas africanas.
[13] Puede señalarse como una excepción la carta en latín al Gran Kan, sin nombre de destinatario, pues se desconocía, ni las otras cartas, también sin nombres, para reyes orientales o católicos que pudiera encontrar Colón, ni en los pasaportes que le fueron entregados por triplicado.   
[14] Morison, Samuel Eliot: El almirante de la Mar Océano. Vida de Cristóbal Colón. Traducción de Luis A. Arocena. Fondo de Cultura Económica. México, primera reimpresión de la segunda edición, 1993. Pag. 184.

miércoles, 25 de febrero de 2015

LOS DIVERSOS DIARIOS DE COLÓN

Fernando Tola de Habich

Sin lugar a dudas, el documento más importante con el que contamos para conocer la historia del descubrimiento de América en 1492, es el Diario de la primera navegación y descubrimiento de las Indias escrito por Cristóbal Colón y resumido, con una finalidad personal y de trabajo propio, por el sacerdote fray Bartolomé de las Casas.
El original de este Diario, que se supone es el libro entregado por el descubridor a los reyes católicos el mes de mayo de 1493 en la ciudad de Barcelona, se ha perdido; y la copia de este libro que los reyes encargaron hacer a dos copistas[1] para evitar que se filtrara información del viaje al reino de Portugal, y que le fuera enviado el 5 de setiembre del mismo año a Cristóbal Colón con una carta de la reina, también ha desaparecido.
El Diario que ha llegado a nosotros es solo un resumen que Las Casas realizó de un ejemplar que tuvo en sus manos bastantes años más tarde de la escritura, y este resumen lo hizo para utilizarlo como referencia al escribir la Historia de las Indias que ya tenía en desarrollo[2]. Se ignora si el sacerdote dispuso para su resumen de un ejemplar propio[3] o existente en alguna biblioteca privada o pública, o si utilizó el ejemplar que poseía Diego Colón en la isla Isabela[4], y que le fue prestado para que realizara la copia.
De todos modos, esto es evidente aunque no señalado, Las Casas al escribir la Historia de las Indias debió contar con un ejemplar diferente a su resumen, pues agrega datos, modifica hechos e incluye comentarios que no se originan en lo consignado en su resumen del diario y que por su volumen es difícil creer que derivara de lo que guardaba en su memoria de cuando lo leyó y resumió.
Por otro lado, se sabe también que Las Casas, al escribir su Historia de las Indias, contó para la parte referente al descubrimiento de América (y a los otros tres viajes y a la vida de Cristóbal Colón) con el manuscrito o, más probable, con una copia de lo que se conocería bastante años después (Venecia, 1571) como la Historia del almirante, escrita por el hijo del descubridor, Hernando Colón[5].
De todos modos, no debería existir una certeza absoluta sobre si lo que leyó y resumió Las Casas fue el libro que entregó Colón a los reyes para que sacaran una copia, pues él mismo, al registrarlo en la Historia de las Indias luego de escribir: “Cuando se partió de Barcelona el Almirante dejó a los reyes un libro de toda su navegación y rumbos o caminos que había llevado o traído en aquel su descubrimiento y primer viaje para que se sacase un traslado que quedase en los archivos reales, y después de trasladado quedaron en enviárselo”; se siente en la obligación de aclarar: “No pude saber qué libro fuese si no que presumo que debía ser donde tenía colegidas muchas cosas secretas de los antiguos autores, por los cuales se guiaba.” Esta aclaración obliga necesariamente a pensar que el Diario que manejó y resumió Las Casas no era el libro que dio Colón a los Reyes pues, en tal caso, no debería tener la menor duda sobre el libro que entregó a los reyes el descubridor en Barcelona, y el libro, el Diario, que él leyó y resumió[6].
Por lógica, esta hipótesis sobre la diferencia entre el Diario que resumió Las Casas y el libro que entregó Colón directamente a los reyes, nos lleva a preguntarnos sobre cuál sería el libro que entregó Luis Colón, alrededor de 1554, al Consejo de Indias, y que fue leído por “algunos” de sus integrantes, quienes informaron al rey que estaba bien autorizar la publicación. Como dice el rey en su licencia, es un libro que el abuelo de Luis Colón “porque quedase memoria con curiosidad, y no con poco trabajo, se puso a escribir lo que cada día le sucedía así en la ida como en la venida” del primer descubrimiento de las Indias. Como se puede leer, no se hace referencia a que fuera una copia de lo escrito por Cristóbal Colón –sin duda un diario– del que al parecer no había ejemplares de él ni en poder del rey ni en la biblioteca o los archivos del Consejo de Indias[7].





 




[1] “Va de dos letras según veréis”, le escribe la reina a Cristóbal Colón, el 5 de setiembre de 1493, cuando le remite el traslado, la copia, del libro que “acá dejastes”, en Barcelona, en mayo de 1493, al regresar del viaje a América. 
[2] De acuerdo a trabajos realizados con programas informáticos por Véronique Huynh–Arivianet y Francisco Javier Sánchez Pérez, un primer examen revela que el 77.17% de lo escrito en el Diario corresponde a Las Casas y el 22.83% a Colón. Ver en: “Ayudas informáticas a la descripción relacional interpretativa de los textos compósitos: aplicación al Primer Viaje de Cristóbal Colón”, en: Actas del II Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española. Tomo II. Madrid, 1992. Págs. 399 a 408.
[3] En principio parece raro que tuviera un ejemplar propio y realizara una copia, pero este es un tipo de trabajo –resumir y citar mientras de lo que se lee– que no es ajeno a quienes están escribiendo o pretenden escribir una obra.
[4] De hecho se considera, como señala Sanz (Carta, pág. 25), que el ejemplar que seguramente poseía Hernando Colón no fue el utilizado por Las Casas pues “lo que si puede afirmarse es que Fernando Colón tuvo delante para componer su Historia una copia del Diario distinta a la que utilizó el P. Las Casas, a juzgar por las variantes que se observa en lo que dejaron escritos ambos autores en sus respectivas obras por lo que deduce que el sumario del Diario que Las Casas intercala en su Historia no lo has copiado del mismo ejemplar que utilizara don Fernando para escribir el libro sobre la vida y hechos de su padre”. Evidente tampoco es el sumario que conocemos el que utiliza Las Casas en su Historia pues agrega cosas que no aparecen en él. Las diferencias escritas por H. Colón podrían muy bien ser alteraciones o modificaciones suyas y no la prueba de la existencia de otra copia corregida o alterada.
[5]A este respecto, me permito plantear la duda que si lo que tuvo en sus manos Las Casas fue el original o una copia de lo que hoy conocemos como la Historia del almirante o, más bien, solo unas páginas de notas, largas y cortas, de un proyecto de libro que Hernando Colón no llegó a concluir o que dejó esbozado, tal como suponen diversos historiadores. (Ver también nota 3)
[6] Esta observación de Las Casas abre, necesariamente, y de manera bastante categórica, el convencimiento de debió existir otro libro del viaje de Colón, que fue el que entregó a los Reyes en Barcelona, y que no es el Diario que manejó y resumió Las Casas para escribir la Historia de las Indias.
[7]  Cuando Las Casas escribe la Historia de las Indias, al proponerse narrar el primer viaje de Colón, incluye una frase sobre cómo piensa hacer su trabajo: Estas singladuras o jornadas entiendo poner aquí de cada día y noche, brevemente, como las saqué del libro susodicho de Cristóbal Colón en aquella su primera navegación, el cual mostró a los Reyes desde que vino, estas Indias halladas; pondré también lo que cada día le acaecía, y las señales que oían y lo que sufría y pasaba, y su constancia, porque creo que no será desagradable.
Primero nos dice que las singladuras o jornadas las pondrá brevemente, no tal como figuran ni están escritas, sino brevemente. Es decir, declara que en su trabajo no copiará in extenso ni de forma textual, lo hará brevemente, resumirá.
Después afirma que lo hará tal como las sacó -las copió- del libro que Colón mostró a los Reyes cuando regresó de las Indias. Aunque podría interpretarse como una sutileza, lo cierto es que las Casas dice “mostró” y no entregó a los reyes. Quede como una posibilidad de análisis.
En igual sentido, aunque por cierta de forma más débil para interpretar, luego de decir que escribirá brevemente las singladuras y jornadas, dice que agregará, pondré también, lo que cada día le acaecía, y las señales que oían y lo que sufría y pasaba, y su constancia. Otra sutileza nos puede llevar a leer este “pondré también” como que incluirá otros detalles de lo acaecido como si procediera de otro libro, no del que Colón mostró a los reyes. Quede también como otra posibilidad de análisis, aunque sea más débil o más tosca la sutileza.
Si el brevemente nos confirma la voluntad de resumen del Diario tanto en la copia que realizó como en la Historia de las Indias; el mostró a los reyes nos puede llevar a confirmar la existencia de otro libro escrito por Colón durante su travesía. El pondré también es simplemente un extra interpretativo.  

martes, 24 de febrero de 2015

PRIMERA ETAPA
DE PALOS A CANARIAS
(Del 3 de agosto al 6 de setiembre de 1492)

Fernando Tola de Habich

PREÁMBULO

En líneas generales puede decirse que el viaje de Colón a Canarias, desde su salida de Palos y su estada en las islas puede dividirse en tres segmentos:

3 de Agosto de 1492: Salida del Puerto de Palos.
a)       Salida del Puerto de Palos
b)      Rumbo a Lanzarote, en Canarias
c)       Tempestad fuerte durante el trayecto
d)      Ruptura y arreglo provisional del timón de la Pinta
e)       Pérdida del rumbo
8 de agosto: Llegada frente a las islas Canarias
a)       Decisión de buscar nave de remplazo de la Pinta
b)      Queda la Pinta frente a Canarias para ir a su arreglo
c)       La Niña y la Santa María viajan a la Gomera
d)      Calmas marítimas en la Gomera y en Canarias
e)       Regresa la Niña y la Sta. María a Canarias
f)        Queda personal en la Gomera preparando bastimentos
g)       Arreglan timón de la Pinta y la calafatean
h)      Cambian las velas de la Niña
i)        Regreso de las tres naves a la Gomera
j)        Carga de bastimentos
6 de setiembre: Salida de la isla de la Gomera.
a)       Entrega de instrucciones a los capitanes
b)      Aviso de naves portuguesas en los alrededores
c)       Mar en calma; carencia de vientos




DIARIO DE COLÓN

VIERNES 3 DE AGOSTO
Partimos viernes, 3 días de agosto de 1492 años, de la barra de Saltes, a las 8 horas.
Anduvimos con fuerte virazón hasta el poner del sol hacia el Sur 60 millas, que son 15 leguas[1]; después al Sudueste y al Sur, cuarta del Sudueste, que era el camino para las Canarias.

SOBRE EL DIARIO. Aparte del resumen que dejó Las Casas del Diario de Colón, tanto él como Hernando Colón, en Historia de las Indias como en Historia del Almirante respectivamente, van comentando y trascribiendo frases del diario, del que se asegura disponen de copias (la misma o diferentes).
(Las Casas: Historia de las Indias) Estas singladuras o jornadas entiendo poner aquí de cada día y noche, brevemente, como las saqué del libro susodicho de Cristóbal Colón en aquella su primera navegación, el cual mostró a los Reyes desde que vino, estas Indias halladas; pondré también lo que cada día le acaecía, y las señales que oían y lo que sufría y pasaba, y su constancia, porque creo que no será desagradable (Las Casas 1957, pág. 128).
(H. Colón: Historia del almirante) “el 3 de agosto, al amanecer, dieron vela con rumbo a las Canarias; y desde aquel punto fue diligentísimo el Almirante en escribir día a día minuciosamente todo lo que sucedía en el viaje, especificando los vientos que soplaban, cuánto recorrido hacía con cada uno, y con qué velas y corrientes, y qué cosas veía por el camino, aves, peces o algunos otros indicios. Cosa que siempre acostumbró en los 4 viajes que hizo de Castilla a las Indias.
Sin embargo, no me propongo escribirlo todo en detalle, porque si bien entonces era muy útil describir su camino y navegación, y señalar qué impresiones correspondían a los cursos y aspectos de las estrellas, y el declarar qué diferencia había en estas cosas con nuestros mares y nuestras regiones, no me parece que al presente tanta minucia pueda dar satisfacción a los lectores, quienes se aburrirían si aumentase este escrito con semejantes prolijidades. Por lo tanto sólo me ocuparé de aquello que me parezca necesario y conveniente (H. Colón 1991, pág. 95).
Aquí Ramos plantea un problema. En su opinión, cuando Hernando Colón escribe que “el 3 de agosto, al amanecer, dieron vela con rumbo a las Canarias; desde aquel punto el almirante fue diligentísimo en escribir”, el punto al que hace referencia como inicio de la escritura del diario concierne a las Canarias y no al inicio de la navegación, puesto que el final de la estada en Canarias, desde el 9 de agosto hasta el 5 de setiembre, la resume en un solo día (lo cual significaría falta de diligencia).
Desde mi punto de vista, el “diligentísimo en escribir” de la apreciación de Hernando, es resultado, sin duda alguna, de la totalidad del diario de su padre; y en lo referente al punto en que se inicia el diario, este, también sin duda alguna, se refiere al inicio de la navegación desde que dieron vela en Palos. Esta lectura se reafirma aún más cuando se lee que Las Casas, al hacer similar referencia, señala con claridad que: “y otro día viernes, que se contaron 3 días del dicho mes de agosto, antes que el sol saliese con media hora, hizo soltar las velas y salió del puerto y barra que se dice de Saltes, porque así se llama aquel río de Palos; y porque comenzó desde allí un libro de sus navegaciones para estas Indias”; frase en la que el “desde allí” no puede ofrecer ningún error de lectura. (Las Casas 1957, pág. 126). 

SALIDA DE PALOS[2]. La anotación de la primera entrada plantea un inicial y tonto problema en el texto del diario de Colón: ¿por qué decir Partimos viernes, 3 días de agosto de 1492 años, de la barra de Saltes, a las 8 horas”, cuando se sabe que el puerto en que se prepararon, se reunieron y se cargaron las naves fue en el puerto de Palos.
Esta información aparece también escrita en el discutido “prólogo del diario”, en el que asienta con detalle no la contradicción sino la aclaración y ampliación de lo que Las Casas resume en la entrada del 3 de agosto: “y vine a la villa de Palos, que es puerto de mar, a donde yo armé 3 navíos muy aptos para semejante hecho, y partí de dicho puerto muy abastecido de muy muchos mantenimientos y de mucha gente de la mar, a 3 días del mes de agosto de dicho año, en un viernes, antes de la salida de sol con media hora, y llevé camino de las islas Canarias de Vuestras Altezas”.
 No tomar en cuenta esta anotación origina un problema como el que se plantea Ramos en el prólogo a su edición del Diario (1995), en el que el texto de Colón significa que “al no estar ancladas las carabelas en Palos, sino en la embocadura del río para salir al mar, tuvo que haber una partida previa” desde Palos, “media hora antes del amanecer[3] para darse las naves a la mar desde Saltes a las 8 de la mañana”, lo cual, así, sin detalles, es correcto, aunque Ramos solo lo suponga por no recordar lo señalado en el “prólogo” (pocas líneas antes).
Es evidente, si se quiere, y así se establece el tonto problema, que Colón señala con claridad dos salidas, una de Palos media hora antes de la salida del sol (“prólogo”) y otra a las 8 de la mañana de la barra de Saltes (Diario). Desde mi punto de vista ambas salidas son correctas: una es la salida física de las naves desde el puerto de Palos y la otra la salida marítima a mar abierto desde la barra de Saltes. Y no seré yo quien señale una manipulación literaria de Las Casas en el texto para evitar repetir en el diario la indicación que ya estaba dada en el “prólogo”.
Pero esta interpretación está muy lejos de imaginar, como hace Ramos, que Colón había enviado las tres naves por delante, con mínima tripulación, a la embocadura del río, y que media hora antes del amanecer se ocupa de trasladar, en botes, al resto de su personal para que se embarquen en ellas e iniciar la navegación, lo cual, para decir lo menos, resulta bastante estrambótico.
De la información que disponemos se puede deducir, con plena concordancia, que Colón el jueves 2 en la noche[4] dio la orden de que su gente se embarcara, que en la madrugada del viernes, media hora antes del amanecer (a las 4:45 am), todos los viajeros estaban en las naves; momento en que hizo soltar las velas y se inició el recorrido del río Tinto y luego el del río Saltés (hoy brazo final del río Odiel), para desembocar del puerto y barra de Saltés a mar abierto a las 8 de la mañana[5] (Las Casas 1957, pág. 128).
 Morison, novelando a partir de Oviedo –otro novelador apenas le es posible–, agrega que Colón “tomó la comunión en San Jorge, Palos, a primera hora de la mañana del viernes 3 de agosto” y “en el nombre de Jesús” dio orden de ponerse en marcha”; desde esa suposición (igual comulgó el jueves al atardecer o al anochecer, sin prisas horarias), continúa su relato con la imagen religiosa de Colón y parte de la tripulación arrodillándose al pasar frente al monasterio de La Rábida, donde los monjes cantan el himno litúrgico de la hora prima, y concluye con una rimbombante frase: “Esta modesta armada partía hacia una conquista para la Cruz que sobreviviría a todos los imperios terrenales”. Sin duda alguna, la imagen literaria es posible, pero de ahí a la realidad hay un trecho que solo la ficción puede manejar por más que provenga de Oviedo. (Morison, 1993, pág. 249).
Más interesante en todo caso es la anotación que Colón se despidió de su hijo Diego, quien hasta ese momento lo había acompañado en Palos, que quedaba a cargo de Juan Rodríguez Cabezudo y del clérigo Martín Sánchez, comprometidos a llevarlo a Córdoba para entregarlo a Beatriz Enrique de Arana, madre de su medio hermano Hernando Colón. (Cristóbal Colón de Carvajal y Gorosábel, pág. 60)[6]
  
CAMINO A LAS CANARIAS. En principio no hay dudas de las razones por las que se dirigió Colón a las Canarias para de ahí dirigirse al Nuevo Mundo. La idea común es que Cipango estaba en el mismo paralelo que las islas y por eso, viajando siempre al Oeste, sin desviarse, y aprovechando vientos favorables, llegaría hasta esa meta. Las Canarias era también territorio perteneciente a la corona española y tal como le ordenaban los reyes a Colón debía evitar penetrar a las aguas portuguesas tal como se había acordado en el tratado de Alcácovas, lo cual lleva a Manzano a decir que “al parecer, el rumbo Oeste mantenido por Colón en su primer viaje le fue impuesto por los reyes españoles”, “por las circunstancias políticas del momento, ante la necesidad de respetar el convenio vigente con Portugal” (Manzano 1989, pág. 296 y 299), lo que le impedía ir a la Mina y a toda Guinea para iniciar desde ahí la navegación, lo cual le resultaría más ventajoso.
Suele considerarse también que la división del Mundo de acuerdo a la bula papal de Pedro VIII, llevo a Colon a utilizar una ruta más conveniente para el aprovechamiento de los vientos alisos en sus tres siguientes viajes. Recientes planteamientos sobre el primer viaje[7], llevan a considerar que en realidad Colón bajo en su navegación hasta la isla Verde, en territorio portugués, para desde ahí encaminarse en busca de Cipango pues de no haber sido asi, y habiendo resultado conveniente la ruta que se considera real para el primer viaje, ¿qué necesidad podía motivar cambiarla, bajando hasta la isla verde?        

SÁBADO 4 DE AGOSTO.
Anduvieron al Sudueste, cuarta del Sur.

DOMINGO 5 DE AGOSTO.
Anduvieron su vía entre día y noche más de 40 leguas.

LUNES 6 DE AGOSTO.
 Saltó o se desencajó el gobernario a la carabela Pinta, donde iba Martín Alonso Pinzón, a lo que se creyó y sospechó por industria de un Gomes Rascón y Cristóbal Quintero, cuya era la carabela, porque le pesaba ir aquel viaje; y dice el Almirante que antes que partiesen había hallado en ciertos deveses y grisquetas, como dicen, a los dichos.
Se vio allí el Almirante en gran turbación por no poder ayudar a la dicha carabela sin su peligro[8], y dice que alguna pena perdía con saber que Martín Alonso Pinzón era persona esforzada y de buen ingenio.
En fin, anduvieron entre día y noche 29 leguas.

EL PROBLEMA DEL TIMÓN DE LA PINTA. H. Colón se equivoca y registra el accidente de la Pinta como sucedido el 4 de agosto, y agrega que las naves tuvieron que “amainar las velas, pronto el almirante se les acercó, bien por la fuerza del temporal no pudiese darles socorro”. Sin embargo, Pinzón, como hombre práctico y marinero diestro, remedió el problema del timón con unas cuerdas hasta el martes siguiente, 7 de agosto, que con la fuerza del viento volvieron a romperse, y las naves amainaron mientras se solucionaba el incidente.
Morison, novelando otra vez, dice que Colón pasó de su nave a la Pinta a ver el desperfecto –el diario dice con claridad que Colón no pudo ayudar, y ya no se diga pasar a bordo de la Pinta, sin peligro–, y que ahí, Martín Alonso Pinzón le confió que en su opinión era una sucia faena del propietario de la carabela, Cristóbal Quintero, que había estado gruñendo y refunfuñando desde el comienzo (Morison, 1993, pág. 251–252).
Esta errónea lectura lleva a Morison a atribuir a Pinzón la sospecha que fue Gómez Quintero el que daño el timón de la Pinta –lo cual no se dice en el diario y más bien se atribuye a Colón un respaldo a la anónima acusación, pues fue él quien los vió “en ciertos deveses y grisquetas”–, lo lleva a seguir novelando y escribir que “tiene razones especiales para no estar de acuerdo con la sospecha de Pinzón de que se le hiciera juego turbio, sabiendo por experiencia personal que esas aguas son duras para con los timones” (Morison, 1993, pág. 252) y explica –y es lo único a tomarle en cuenta de este incidente– que si Quintero hubiera querido inutilizar su carabela el lugar para hacerlo era en Canarias y no en mar abierto, pues con un timón débil “habría puesto en peligro tanto su vida como su barco” (Morison, 1993, pág. 253)

MARTÍN ALONSO PINZÓN. H. Colón, al referirse al incidente del timón de la Pinta, hace un comentario adverso a Pinzón que historiadores, como Arranz, consideran injusto y falso y lo atribuyen a las pasiones originadas por los temas de los pleitos colombinos: “De cuyo trastorno y mala suerte que tuvo dicha carabela en perder dos veces el timón, al principio del camino, quien fuera supersticioso habría podido conjeturar la desobediencia y contumacia que aquella tuvo contra el almirante, alejándose dos veces de él, por malignidad del dicho Pinzón, como más adelante se referirá.”(H. Colón, 1991, pág. 96)   

Escribir que Martín Alonso Pinzón era “persona esforzada y de buen ingenio” es el único cumplido que Colón le dedica al marino de Palos en todo el diario (Morison, 1993, pág. 252).

(CITA PARA ESTUDIAR) Como ejemplo de los problemas que presenta tal explicación y de las implicaciones que puede comportar, me serviré de parte de la frase inicial del registro del 6 de agosto, la cual ya nos pone, además, en la pista de lo que constituye el tema central de la presente contribución. El manuscrito de Las Casas que conserva el texto del Diario abre así la singladura mencionada:
<testado Se le quebro> Salto / o desencasose el govemario a la caravelapinta
El primer problema que se plantea es el de la parte tachada, con la que se da cuenta del accidente sufrido por el timón^^ de La Pinta.
Nótese que constituye un inicio frustrado, que ha debido ser retomado luego por medio de una pareja sinonímica.
Las preguntas que surgen naturalmente son las siguientes: ¿encontró Las Casas se le quebró en el manuscrito del que copiaba y resumía, lo reprodujo y luego lo tachó porque consideró que en la duplicación verbal posterior se expresaba más propiamente el daño en cuestión? iSe le quebró es una invención lascasiana para dar cuenta de un hecho al que en el texto del que copiaba se aludía de otro modo, eventualmente con saltól
Me inhibo de otras formulaciones interrogativas que podrían parecer una invitación a ensayarse en el arte adivinatorio.
Lo que merece la pena, en cambio, es explicar la naturaleza de la relación entre los verbos en juego y de allí tratar de elaborar una hipótesis plausible o una especulación controlada.
Parece claro que quebrarse no es el vocablo más propio para identificar lo ocurrido con el timón de La Pinta, ya que no se había verificado una rotura sino más bien una dislocación. Sin embargo, bien se puede pensar que el verbo podía tener en el uso coloquial un valor más general y menos preciso, y que friese sinónimo con este valor, como ocurre parcialmente hoy con romperse^^, de estropearse. Si esto era así, resulta poco plausible atribuir a Las Casas el se le quebró del texto, es decir. '' atribuirle la sustitución de un uso más propio por otro menos propio. Así, lo ocurrido en este tramo textual parecería poder corresponder a una respuesta afirmativa al primer interrogante planteado arriba. En efecto, frenteal presumible se le quebró de la fuente, se puede pensar que Las Casas lo copia, pero inmediatamente luego percibe que no se ajusta, según él, a la naturaleza del hecho, o, por lo menos, considera que hay una forma más propia de referirse a esta. Quizá en dicha fuente se hallaba también saltó coordinado con se le quebró. Si esto fue efectivamente así. Las Casas habría notado que saltar era un verbo adecuado, sí, para describir el incidente, en todo caso más que quebrar, a pesar de lo cual habría preferido —siguiendo una tendencia que se encuentra a lo largo de su prosa y que más adelante se verá con claridad— poner esta voz en correlación explicativa con otro vocablo sinónimo o parasinónimo, que servía para acotar con precisión la naturaleza del hecho: desencasose^^. ¿Hay indicios que apuntan en la dirección señalada? Me parece que sí, aunque débiles. Cuando el 7 de agosto vuelve a presentarse el tropiezo con el timón de la carabela, el texto del Diario ya sólo consigna saltar: «tomóse a saltar el govemalle a la pinta». Sea que este verbo provenga de la fuente usada por Las Casas, sea que proceda del dominico, lo cierto es que este último lo considera ya —en el transfondo del cercano contexto precedente— suficiente para dar cuenta del hecho y lo consigna sin apoyo sinonímico.
En este punto se impone, sin embargo, echar una mirada a la Historia de las Indias. Cuando Las Casas reelabora el texto del Diario para convertirlo a la estructura retórica de su propio discurso, opta por mantener la duplicación verbal del registro del 6 de agosto, pero invirtiendo el orden y agregando a saltar una especificación que acentuaba la equivalencia sinonímica con desencasose: «desencasose o saltó de sus hembrillas el gobernario a la carabela Pinta» {HI I, 128a). Una interpretación posible de esta reformulación es que saltar solo, encontrado por Las Casas quizá ya en el texto del que se servía para su versión del Diario, no fue considerado por él lo suficientemente preciso como para aparecer así en la escritura más elaborada de su propia obra, razón por la cual optó por anteponer el verbo que comportaba una lexicalización más específica de la acción y por duplicar la referencia con el verbo más general, pero con un añadido también especificador.
Para finalizar el examen de este pasaje, que muestra emblemáticamente algunos de los problemas que presenta el texto del Diario, vale la pena anotar que la versión italiana hecha por Alfonso de UUoa del libro de Hernando Colón dedicado a su padre presenta en este punto una formulación que permite establecer que el original castellano perdido de dicha traducción concuerda en este punto con la Historia de las Indias de Las Casas y no con el texto del Diario copiado por este. En efecto, en «ad una delle caravelle della compagnia chiamata Pinta saltarono fiíori le fencine del tímone », la porción impresa en negrita corresponde exactamente a «saltó de sus hembrillas el gobemario a la carabela Pinta» ^'*. En cualquier caso, nótese que el verbo saltar se mantiene constante en los tres textos que se remiten, de un modo u otro, al texto de Colón sobre el primer viaje descubridor.
El análisis de la frase inicial del registro del 6 de agosto nos ha puesto frente a una cuestión que reiteradamente se le plantea al lector a lo largo del Diario: la presencia de parejas de vocablos sinónimos o parasinónimos^^, de duplicaciones léxicas como la representada por el caso que acabamos de ver. El mismo registro en cuestión, que se inicia con un ejemplo que he calificado de emblemático del tema bajo examen, continúa del siguiente modo: donde yva martin alonso pingon a lo que se creyo/o sospecho por industria de vn gomez Rascón y Xiistovdl quintero cuya era la caravela porque le pesava yr a^wel viaje/ y dize el almimwíe que antes que partiesen avian hallado en giertos reveses y grisquetas como dizen a los d/chos
Nuevamente, como se ve, dos duplicaciones léxicas, en las cuales vale la pena detenerse. En el caso de la primera, el segundo término, sospechar, parece fijar el alcance semántico del primero: en efecto, creer aquí significa «sospechar» y no «estar seguro», ya que, como resulta de todo el contexto, hay sólo indicios para incriminar a dichos personajes. El uso de creer con el valor de «sospechar» o «tener por verosímil» debe de haber estado extendido en todas las épocas ^^, no obstante lo cual podía, probablemente, abrir un cierto margen de ambigüedad en determinados contextos. Esta ambigüedad es la que habría motivado a Las Casas a agregar el otro verbo, sin decidirse todavía a suprimir el primero. A ciencia cierta no se puede saber, como es obvio, si este esclarecimiento semántico proviene del propio Colón o de Las Casas. Tiendo más bien a lo segundo, basándome en el hecho de que Las Casas, no obstante su marcado gusto por las duplicaciones léxicas —que veremos luego—, en su versión de la Historia de las Indias mantiene sólo el segundo verbo («y según se sospechó»), lo cual permite inferir que no consideraba pertinente la equivalencia, ni aun en el nivel de artificio retórico, y que tal duplicación sólo le resultaba aceptable como parte de un trabajo de taller, como el que revela la escritura de la copia del Diario^^. Si esto es así, podemos reconstruir el proceso de escritura lascasiano de este modo: luego de copiar el se creyó de la fuente, F. Bartolomé se sintió inclinado a precisar el valor semántico del verbo y agregó o sospechó; pasado elmomento de la copia del Diario, y sintiéndose con menos ataduras respecto de la fuente que reelaboraba, dejó en la Historia de las Indias solo la forma léxica que consideraba ser el uso propío^^.
El siguiente caso presenta rasgos un tanto diversos. En primer lugar, la pareja aparece coordinada por y: si bien esto podria ser interpretado en el sentido, no de una explicitación del primer término (por más que inevitablemente también lo sea), sino como un añadido que amplía el espacio referencial, no debe atribuirse demasiada importancia a la diferencia entre la coordinación con una conjunción u otra, pues ambas construcciones son a menudo equivalentes en este tipo de duplicaciones. Más significativo es el hecho de que el segundo término, a saber, grisquetas, aparezca seguido de un comentario metalingüístico, como dizen, que parece referirse a él. No se puede excluir que Las Casas esté copiando aquí un comentario del propio Colón, pero da la impresión de que el como dizen proviene de Las Casas, en cuya escritura abunda este tipo de marcas^^. Más difícil es pronunciarse respecto de grisquetas. ¿De Colón o de Las Casas? Aquí en favor de la segunda posibilidad viene en ayuda una consideración lingüística. El significado y el étimo de la voz han sido aclarados por Manuel Alvar en su edición crítica del Diario^^: «Grisquetas 'disputas'. La forma transcrita en el Diario es la que se esperaría en una evolución normal castellana. Del antiguo griesgo salió grisgo, documentado en Villasandino (...) La etimología, g r a e c i s c u hay que culparla a la fama que tuvieron los griegos de ser gente pendenciera y reñidora; así, por ejemplo, griego era 'tahúr, fullero'... ». A esta precisa anotación cabe añadir lo siguiente: las formas antiguas de la voz presentan siempre una velar sonora en la última sílaba, mientras que la aparición de -ca (gresca) sólo se documenta tardíamente^ ^ A estar por la cronología, la forma que aparece en el Diario corresponde más a la época de Las Casas que a la de Colón^^. Grisqueta, pues, parece ser un añadido del dominico, quien la retoma en la Historia de las Indias —aunque ya sin el comentario metalingüístico— en orden inverso respecto de reveses y por medio de una coordinación diversa: «y dice aquí Cristóbal Colón, que antes que partiesen, había tomado en ciertas grisquetas o reveses a los dichos» (pág. 128b).

MARTES 7 DE AGOSTO.
Se tornó a saltar el gobernalle a la Pinta, y lo adobaron[9] y anduvieron en demanda de la isla de Lanzarote, que es una de las islas de Canarias.
Y anduvieron entre día y noche 25 leguas.

MIÉRCOLES 8 DE AGOSTO.
Hubo entre los pilotos de las tres carabelas opiniones diversas dónde estaban, y el Almirante salió más verdadero.
Y quisiera ir a Gran Canaria por dejar la carabela Pinta, porque iba mal acondicionada del gobernario y hacía agua, y quisiera tomar allí otra si la hallara.
No pudieron tomarla aquel día[10].

PÉRDIDA DEL RUMBO. Es probable que Morison atribuya a la pérdida del timón de la Pinta el hecho de que la armada perdiera el rumbo, lo cual “afectó la estima y el 8 los pilotos no pudieron ponerse de acuerdo en la posición”, resultando la más correcta la estima de Colón por eso de que “el comandante siempre tiene la razón” (Morison, 1993, pág. 252).
Siguiendo a Morison, en este punto Colón cambió la ruta para dirigirse a la Gran Canaria a dejar la Pinta y si era posible cambiarla por otra nave y, en caso contrario, hallar un lugar donde fuera posible realizar trabajos de forja de hierro (Morison, 1993, pág. 252).
Es evidente que Colón y su armada se dirigían a la isla de Lanzarote, como figura en la anotación del diario del día anterior, 7 de agosto, pero por la marea y los vientos (la tempestad), terminaron frente a la Gran Canaria. Es fácil y normal que tuvieran que identificar dónde se encontraban. Y el acierto de identificación de Colón tampoco debió ser algo excepcional.
Cabe anotar aquí que existe cierto convencimiento entre algunos historiadores que cuando Colón, Las Casas o Hernando Colón hacen referencia a las Canarias o Gran Canaria como lugar concreto, como en este caso (dejar la carabela Pinta en la Gran Canaria), la referencia está directamente dirigida a la capital Las Palmas, centro político y económico de la isla, y más aún cuando la finalidad era buscar una carabela que remplazara a la Pinta, y, en caso de no encontrarla, como sucedió, arreglar o confeccionar un nuevo timón para ella y calafatearla. Igual idea se mueve cuando se indica la operación de cambiar las velas de la Niña. Se supone también que los mejores herreros y carpinteros de la isla estarían instalados en la capital. 

JUEVES 9 DE AGOSTO.
Hasta el domingo (12 de agosto) en la noche no pudo el Almirante tomar la Gomera.
Y Martín Alonso se quedó en aquella costa de gran Canaria por mandado del Almirante, porque no podía navegar[11].
Después tornó el Almirante a Canaria y adobaron muy bien la Pinta con mucho trabajo y diligencias del Almirante, de Martín Alonso y de los demás; y al cabo vinieron a la Gomera.
Vieron salir gran fuego de la sierra de la isla de Tenerife, que es muy alta en gran manera[12].
Hicieron la Pinta redonda, porque era latina[13].

(Domingo a 2 de septiembre )
Tornó a la Gomera, domingo a 2 de septiembre con la Pinta adobada.
Tomada, pues, agua y leña y carnes y lo demás que tenían los hombres que dejó en la Gomera el Almirante cuando fue a la isla de Canaria a adobar la carabela Pinta, finalmente se hizo a la vela de la dicha isla de la Gomera con sus 3 carabelas jueves a 6 días de septiembre.

Dice el Almirante que juraban muchos hombres honrados españoles que en la Gomera estaban con doña Inés Peraza, madre de Guillén Peraza, que después fue el primer Conde de la Gomera[14], que eran vecinos de la isla de Hierro, que cada año veían tierra al Oueste de las Canarias, que es al Poniente; y otros de la Gomera, afirmaban otro tanto con juramento[15].
Dice aquí el Almirante que se acuerda que estando en Portugal el año de 1484 vino uno de la isla de la Madera al Rey a le pedir una carabela para ir a esta tierra que vía, el cual juraba que cada año la vía y siempre de una manera.
Y también dice que se acuerda que lo mismo decían en las islas de los Azores y todos éstos en una derrota y en una manera de señal y en una grandeza[16].

DESCRIPCIÓN DE HERNANDO COLÓN. En su Historia del almirante, H. Colón hace una descripción más detallada que lo resumido en el diario sobre las actividades en las islas Canarias desde el 9 de agosto hasta el 6 de setiembre en que salen a mar abierto e inician el viaje que los llevaría hasta las islas de Caribe en América[17].
Por lo pronto, nos dice que los tres navíos llegaron frente a las Canarias durante el alba del 9 de agosto pero por “el viento contrario, y por la calma, no les fue posible, ni aquel día, ni los dos siguientes (hasta el 11 de agosto[18]), tomar tierra en la gran Canaria, a la que estaban muy próximos.”

(11 de agosto)
Entonces el Almirante dejó allí a Pinzón, a fin de que saltando a tierra pronto procurase conseguir otro navío; y con el mismo objeto marchó él a la isla de la Gomera, juntamente con la Niña, para, caso de no encontrar navío en alguna de dichas islas, buscarlo en la otra.

(12 de agosto)
Siguiendo su camino con tal propósito, llegó a la Gomera el domingo siguiente, que fue 12 de agosto. En seguida mandó el batel a tierra,

(13 de agosto)
el cual regresó a la nave a la mañana siguiente (lunes, 13–8–92) diciendo que no había entonces ningún navío en aquella isla; pero añadió que de un momento a otro los vecinos esperaban a Doña Beatriz de Bobadilla[19], señora de la isla, que estaba en la Gran Canaria, y que llevaba un navío de un cierto Grajeda, de Sevilla, de 40 toneladas; el cual, por ser apto para tal viaje, habría podido tomarlo.
El Almirante, en vista de esto, resolvió esperar en aquel puerto, calculando que si Pinzón no había podido aderezar su nave, conseguiría él una en la Gomera.

(14 y 15 de agosto)
Habiendo, pues, permanecido allí dos días más (14 y 15 de agosto), y viendo que el navío indicado no aparecía
y que partía para la Gran Canaria un carabelón de la isla de la Gomera,
mandó en él un hombre para que anunciase a Pinzón su arribada y le ayudase a componer su navío; y le escribió que si no regresaba para prestarle ayuda era porque aquel navío no podía navegar[20].

(23 de agosto)
Como después de la partida del carabelón tardó mucho tiempo en tener noticias (8 días), el Almirante decidió el 23 de agosto volverse con sus dos naves a la Gran Canaria[21].

(24 de agosto)
Partido, pues, al día siguiente (24 de agosto), encontró en el camino al carabelón, que no había podido llegar aún a la Gran Canaria, por haberle sido muy contrario el viento. Recogió al hombre que había enviado.
Y pasó aquella noche cerca de Tenerife, de cuya montaña, que es altísima, veían salir llamas inmensas. Maravillada su gente, les dio a entender la causa y fundamento de semejante fuego, comprobándolo todo con el ejemplo del monte Etna de Sicilia, y de otros muchos montes donde se veía la misma cosa[22].

(25 de agosto)
Pasada después aquella isla, el sábado 25 de agosto llegaron a la isla de la Gran Canaria, donde Pinzón, con grandes trabajos, había arribado el día antes (24–8–92).
Por él supo el Almirante cómo el lunes anterior (20–8–92) Doña Beatriz había partido con aquel navío que con tanta dificultad y molestias procuraba conseguir. (Es curioso que Colón no la viera llegar a la Gomera o que al menos no se cruzase con ella)
Aunque los otros tuvieron por esto gran pesar, él se conformaba con lo que sucedía, echándolo todo a la mejor parte, y afirmando que si no placía a Dios que encontrase aquel navío, quizás ocurría esto porque, caso de haberlo hallado, habría tenido también impedimento v dificultad para obtenerlo, pérdida de tiempo en el trasbordo de las mercancías que llevaban y por consiguiente dilación en el viaje. Por lo cual, temiendo encontrarlo de nuevo en el camino si regresaba hacia la Gomera, se decidió por arreglar en la Gran Canaria la carabela estropeada lo mejor posible, haciéndole un timón nuevo, porque como hemos dicho, había perdido el suyo. Además de esto hizo cambiar la vela de la Niña de latina en redonda a fin de que siguiese a las otras naves con más facilidad y menor peligro.

(1 de setiembre)
Después de que los navíos estuvieron bien en orden y a punto para la partida, viernes[23] 1 de septiembre por la tarde, el Almirante hizo desplegar las velas al viento, saliendo de la Gran Canaria.

(2 de setiembre)
Al día siguiente (domingo, 2 de setiembre) llegaron a la Gomera, donde en proveerse de carne, de agua y de leña tardaron otros cuatro días[24] (jueves, 6 de setiembre).

VOLCÁN DE TENERIFE. Con respecto a la anotación en el diario sobre la erupción del volcán de Tenerife (que se suponía o se negaba que era el Teide), del que H. Colón da la fecha del 24 de agosto y amplia diciendo: “Y pasó aquella noche cerca de Tenerife, de cuya montaña, que es altísima, veían salir llamas inmensas. Maravillada su gente, les dio a entender la causa y fundamento de semejante fuego, comprobándolo todo con el ejemplo del monte Etna de Sicilia, y de otros muchos montes donde se veía la misma cosa”; y que Las Casas también registra sin dar fecha y de forma más escueta: “Dice aquí Cristóbal Colón, que una noche de aquellas que andaba cerca de Tenerife, salió tanto fuego del pico de la sierra que, como antes se dijo, es una de las altas que se saben en el mundo, que fue cosa de gran maravilla”, conviene hacer referencia al artículo “La erupción que Cristóbal Colón vio en la isla de Tenerife (Islas Canarias)”, publicado GeoGaceta, 41 (2007) págs. 39–42 (Internet), firmado por 10 científicos (vulcanólogos, geógrafos, geólogos) llamados: J.C. Carracedo; E. Rodríguez Badiola; F.J. Pérez Torrado; A. Hansen; A. Rodríguez González; S. Scaillet; H. Guillou, M. Paterne; U. Fra Paleo y R. París.
Con los más modernos métodos y empleando la más adelantada tecnología científica llegaron a la conclusión que lo que vio Colón en su travesía de la Gomera a la Gran Canaria el 24 de agosto de 1492, fue la explosión, corrida de lava e incendio de bosques producido por la erupción del volcán Boca Cangrejo, localizado en dorsal NO de la isla de Tenerife. Aún más, esta “actividad eruptiva fue de corta duración, de baja explosividad y, probablemente, en un tiempo de calmas o de escaso predominio de los vientos alisios (de rumbo NE)”, tal como queda demostrado en los textos del Diario, de H. Colón y de Las Casas sobre la lentitud y problemas de navegación de las naves colombinas y del carabelón que iba de la Gomera a la Gran Canaria[25].       

GANDO Las Casas dice que cuando Colón regresa a Canaria de la Gomera fue “al puerto de Gando, que es bueno, para adobar la Pinta” (Las Casas 1957, pág. 128).
Esta observación de Las Casas ha originado discusiones, en especial entre historiadores canarios, sobre el lugar al que Martín Alonso Pinzón llevó a la Pinta para arreglarle el timón y calafatearla. De acuerdo a Pellegrino, “Gando se encuentra casi a la mitad de la costa oriental de Gran Canaria, en una pequeña bahía, muy protegida de los vientos y las marejadas”; las Isletas en cambio, “es un vasto puerto, protegido al N., sobre un litoral arenoso que dista solo 8 km. del actual centro histórico de Las Palmas”.
Como bien dice Ramos, “sobre esta estancia se ha hecho correr mucha tinta. El problema es poco interesante”, pues aparte que negarlo o aceptarlo solo puede hacerse desde la Historia de las Indias de las Casas o sobre su resumen del Diario, que desembarcara en las isletas de las Canarias o en Gando no altera en nada la estada de Colón y su armada en las islas.
Además, agrego yo, e igual se puede agregar cualquier otra hipótesis, bien pudo Pinzón calafatear la Pinta en Gando y encargar los arreglos en Las Palmas, donde estaban los herreros y carpinteros capaces de la compostura o la creación de un nuevo timón. Y para dejar todo en armonía, también puede creerse que Colón llevó a la Niña al puerto de las Isletas para que ahí se ocuparan de cambiarle las velas. 
  
MOTÍN. Debe resaltarse que, como anticipación a los supuestos o reales conatos de motín producidos durante la navegación de altura hacia América, Las Casas, ya estando aún en Canarías, hace una observación al respecto: “No dejaba la gente con todos estos trabajos e inconvenientes que se les ofreciese de murmurar y desganarse del viaje y comenzar a tener mayores dificultades” (Las Casas 1957, pág. 128).

Mapa con el recorrido de Colón (ruta línea negra A) y Pinzón (ruta punteada B) en Canarias.
1. Punto de separación Colón–Pinzón, 9 de agosto;
2. Las isletas (puerto). 3. Las Palmas (capital). 4. Gando (puerto).  5. San Sebastián de la Gomera (puerto).
I. Viaje de ida de Colón a la Gomera;
II. Viaje de regreso de Colón de la Gomera a Las Canarias;
III. Regreso de Colón de las Canarias a la Gomera;
IV. Salida al océano.
En el punto 1, al separarse Colón y Pinzón, debe trazarse a la Pinta un recorrido a Gando, a Las Palmas o a las Isletas, a donde se desplaza cuando al fin tiene viento favorable para aproximarse a la isla e iniciar las composturas del timón y hacer calafatear la nave. (Procedencia: 1955 SANTIAGO, Miguel: “Colón en Canarias”, en: Anuario de Estudios Atlánticos. Nro. 1. Las Palmas de Gran Canaria, 1955).





[1] Aquí figura la primera indicación de que para Colón cada legua recorrida equivalía a 4 millas. Mártir de Anglería, por su parte, al registrar que Cádiz a las Canarias existen 300 leguas, dice que cada legua contiene 4 mil pasos y que por lo tanto la distancia es un 1.2 millones de pasos (Mártir, 1964, pág. 104) 
[2] Se ha discutido mucho la razón por la que se eligió Colón o los Reyes de España el puerto de Palos para preparar e iniciar la travesía atlántica. Entre los varios argumentos leídos, me ha llamado la atención el de Céspedes del Castillo: “Si hemos de creer el testimonio de las Décadas de Alonso de Palencia, eran los marinos de Palos quienes mejor conocían el mar de Guinea y quienes más tiempo lo habían navegado. No es extraño, pues, que a Palos fuese Colón en busca de tripulaciones y buques para su viaje descubridor” (Céspedes del Castillo, pág. 497) 
[3] Morison dice que en Palos, “en esa época y latitud acontece alrededor de las 5.15 am.” (Morison 1993, pág. 250), con lo que se calcula un tiempo de 3.15 horas en navegar de Palos hasta la salida a mar abierto a las 8 am. desde la barra de Saltes. Morison también dice cuando él hace el cálculo, supongo que a fines de los años 30, habían 9 millas de Palos a la Barra de Saltés, pero que debió ser aún más corta en 1492 (Morison 1993, pág. 250).
[4] “Puesto su despacho todo en perfección, jueves a 2 de agosto, año de 1492, mandó embarcar Cristóbal Colón toda su gente” (Las Casas, 1957, pág. 126)
[5]  “y otro día viernes, que se contaron 3 días del dicho mes de agosto, antes que el sol saliese con media hora, hizo soltar las velas y salió del puerto y barra que se dice de Saltés, porque así se llama aquel río de Palos” (Las Casas, 1957, pág. 126).
[6] Ignoro la procedencia de la información histórica de la estada del hijo de Colón en Palos con su padre y de la despedida antes de embarcarse. La considero una posibilidad y, en todo caso, más simpática que el comentario religioso que Morison arrastra desde Oviedo. 
[7] Coin y Hurtado por ejemplo.
[8] Colón corría peligro al tratar de ayudar a la Pinta por la tormenta que atravesaban, la cual, por lo que recuerda el 21 de febrero en su diario, fue en verdad “una grave tormenta” (Colón, Diario 1985, pág. 208) y, sin duda, causa del desprendimiento del timón.
[9] Morison no sigue el Diario al escribir que el 7 de agosto se asegura “de modo precario el timón de la Pinta”, lo cual es correcto, y que recién al día siguiente, 8 de agosto, “comenzó a causar nuevas contrariedades” y, lo que es cierto, a hacer agua. (Morison, 1993, pág. 252). El 8 de agosto, dice el Diario que el timón iba mal acondicionado –puesto que el día anterior lo habían adobado– pues requería trabajo de herrería para quedar en perfecto estado, lo cual no se podía hacer en el mar; no dice el Diario que causara nuevas contrariedades, pues estas existían desde el desprendimiento del 6 de agosto.    
[10] Guillen, en su edición de Diario, aclara que lo que no pudieron tomar aquel día fue tierra en la isla de la Gran Canaria y no la presunta carabela sustituta (Guillen, 1990, pág. 25).  
[11] Aquí la anotación dice que la Pinta no podía navegar hasta la Gomera y por eso se queda frente a la Gran Canaria a la espera de vientos y mareas que la acercaran a un puerto de la isla. Debe considerarse que después de la gran tormenta que azotó a la flota de Colón a su llegada al archipiélago canario, vino una larga calma marítima que impidió a la Pinta desplazarse hasta un puerto (Gando o las Isletas): recién lo consiguió el 24 de agosto, el día anterior al regreso de Colón desde la Gomera. 
[12] Humboldt no cree que la explosión volcánica que vio Colón corresponda al Teide: “La denominación genérica de “sierra” que encuentro en el Diario de la primera navegación, en vez de la palabra “picacho”, que se aplica más comúnmente a un cono enhiesto, parece designar “la parte montañosa” de la isla y no especialmente el Pilón de Azúcar, la Pirámide o el lapis adamantinus de Cadamosto (Humboldt, 1892, pág. 99) 
[13] Hay acuerdo entre los historiadores que a la carabela a la que se le cambian las velas es a la Niña y no a la Pinta, tal como señala H. Colón en su Historia del Almirante (H. Colón 1991, pág. 98)
[14] Ramos escribe una larga nota genealógica explicando que Inés Peraza no era la madre de Guillén Peraza, primer Conde de la Gomera, sino que éste era hijo de Beatriz de Bobadilla y de Hernán Peraza el mozo.
[15] A este tema de las islas “fantásticas”, Hernando Colón le dedica el capítulo IX de la Historia del almirante, titulado “La tercera causa o conjetura que en algún modo incitó al almirante a descubrir las Indias”; igual tema trata Las Casas en la Historia de las Indias, capítulo XIII del Libro Primero (estos párrafos son una versión mínima de ese capítulo). Morison señala que “ver islas fantasmas y costas que se desvanecen, es algo común en la navegación oceánica (Morison, pág. 129)
[16] Los tres párrafos que van en cursiva están situados en la transcripción del diario por Las Casas, entre los párrafos anteriores, los que comienzan con “Torno a la Gomera…” y “Tomada, pues,…”; los he movido al final del día por ser comentarios atribuidos a Colón, sin fecha cierta y sin relación directa con el desarrollo marítimo del viaje.  
[17] De acuerdo a Morison, para la estadía de la flota en Canarias, “nuestra única autoridad es Hernando; Las Casas abrevió con tanto rigor esa parte del Diario que trascribe muy poca información” (Morison, 1993, pág. 259).
[18] Las fechas intercaladas en el texto entre paréntesis son agregados aclaratorios míos, e igual el poner las fechas del texto original en negritas.
[19] Sobre esta Beatriz de Bobadilla se ha creado todo una literatura romántica atribuyéndole amores con Colón, lo cual es totalmente improbable. A este respecto, la nota de Heers quizá sea la más adecuada pues, además de atribuir el montaje amoroso a “un comentario anodino de Michele di Cuneo”, dice “La verdad es que Colón estaba enterado de los lazos comerciales que ligaban a su amigo y socio Francisco de Riberol y a todos los Riberol con esa mujer autoritaria. El encuentro nada tuvo de fortuito ni de demasiado “personal”, pero sí le aseguró sin dificultad y a buen precio una parte de sus abastos. Sin duda, todo ello se previó desde que la flotilla salió de España (Heers, 1992, pág. 169). Yo supongo que en este primer viaje, no existió, ni hubo razón para que existiera, una reunión entre Colón y la gobernadora; además la flota que comandaba el futuro descubridor de América no tenía por qué requerir la atención e interés de Beatriz de Bobadilla. 
[20] Ramos lee este “no podía navegar” como que la Santa María tenía “alguna avería seria o estaba sometida a cualquier tipo de reparo”; yo lo leo como que en caso de no regresar a ayudarlo sería porque por las calmas, vientos y corrientes del mar “aquel navío no podía navegar”. Ramos también cree que en el diario no se especifica esta supuesta avería de la Santa María para no desnaturalizar la acusación contra Quintero y Gómez Rascón del 6 de agosto sobre el desperfecto del timón de la Pinta, lo cual me parece un disparate.   
[21] No entiendo la confusión que se crea Ramos en su nota 67 sobre las naves en que fue Colón a las Canarias, si viajó en la Niña o la dejó en la Gomera, como dice o no dice el diario, las Casas o H. Colón. En este último es meridianamente claro que Colón viajó de la Gomera a las Canarias con la Santa María y con la Niña, y no hay ninguna razón para que decidiera hacer el viaje en otra nave que no fuera en la que viajaba desde que salieron de Palos. El hecho que ni el diario ni Las Casas lo especifiquen no tiene la menor importancia, pues no había ninguna razón para dejar a cualquiera de las dos naves en la Gomera e irse solo con una a las Canarias, y más si ya estaba en los planes de Colón cambiar el velamen de la Niña o, de darse la circunstancia de no haberse podido arreglar el timón de la Pinta (o continuar sin poder conseguir otra nave para remplazarla), tener que enfrentar el problema de redistribuir la tripulación en las dos naves aptas para la travesía, y más teniendo en cuenta el personal dejado en la Gomera para que juntara abastecimiento para la travesía del océano.
[22] Comentario de Humboldt: “El hijo de Colón, aficionado a los efectos dramáticos y a presentar el contraste de la ignorancia de los marineros y de la instrucción del almirante, habla de llamas que salían de lka montaña, del espanto de la gente y de las explicaciones de Cristóbal Colón dio, “verificando su discurso con el monte Etna, de Sicilia. El citado Diario (de Colón) no habla ni del espanto de los marineros, ni de la argumentación doctrinal acerca de la naturaleza del fuego volcánico; y Navarrete recuerda que los valerosos marinos de Palos, Moguer y Huelva estaban habituados desde el siglo XIII a los efectos de los volcanes de Italia. Añadiré, además, que en las costas de España y Portugal debían ser conocidos los volcanes de las islas Canarias por el deplorable comercio de esclavos guanches vendidos en los mercados de Sevilla y de Lisboa (Humboldt, 1892, pág. 97-98).  
[23] H. Colon se equivoca y dice “viernes” cuando fue sábado 1 de setiembre.
[24] Se llegan el domingo 2 y tardan otros 4 días, la fecha se va hasta el 6 de setiembre. Lo correcto debió ser que llegaron el domingo 2 y en 4 días se proveyeron de lo necesario, para así salir el 6 de setiembre en la mañana.
[25] Humbold, en su comentario sobre le erupción volcánica que vio Colón, por la información que recibe de Leopoldo de Buch, deduce “que el almirante pasó (por el camino más corto) al Sur de Tenerife, y no al Norte, por donde el viento del Noreste le hubiera impedido avanzar durante el día; y resulta también que las llamas salían por la parte sur” (Humboldt, 1892, pág. 98)